domingo, 10 de febrero de 2013

¿Tenemos un 2º cerebro en el Intestino?


Tenemos dos cerebros: uno en la cabeza y otro oculto en nuestras entrañas

Los neurólogos han hallado que este último también es capaz de recordar, ponerse nervioso y dominar a su colega más noble. Hace 4.500 años, los eruditos egipcios situaban en la parte más prosaica de nuestro organismo, con sus intestinos inquietos y pestilentes, la sede de nuestras emociones.

En el Papiro Smith, por ejemplo, ya puede leerse que el estómago constituye la desembocadura del corazón, el órgano “donde se localizan el pensamiento y el sentimiento”. 

De este modo, cualquier manifestación o alteración en la mente cardiaca se refleja indefectiblemente en el aparato digestivo. 

En el Papiro Ebers (1550 a. deC.) se describe sin tapujos esta relación anatómica y funcional: “Tratamiento de una gastropatía. 

Si examinas a un hombre con una obstrucción en el estómago, su corazón está atemorizado, y en cuanto come algo, la ingestión –de alimentos– se hace dificultosa y es muy lenta”. 

Durante siglos, los galenos prestaron más atención a nuestro vientre que al cerebro, órgano al que tradicionalmente se le otorgó el cometido menor de ventilar la sangre. En todas las culturas antiguas y modernas se ha tenido la conciencia, al menos popular, de que nuestras tripas son capaces de experimentar emociones. 

Al recibir una buena noticia, un cosquilleo placentero invade la barriga, como si en su interior revolotearan miles de mariposas. Por el contrario, las situaciones de tensión, miedo o aflicción hacen que el estómago se encoja y sintamos como si un roedor escarbase en nuestras entrañas. La repulsión hacia algo o alguien puede llegar a producir náuseas e incluso provocar el vómito. Este mar de sensaciones estomacales empieza ahora a encontrar una explicación dentro de los límites de la ciencia. 

Fruto de décadas de trabajo, los científicos están en condición de afirmar que, por inaudito que pueda parecer, en el tracto gastrointestinal se aloja un segundo cerebro muy similar al que tenemos en la cabeza. Efectivamente, el tubo digestivo está literalmente tapizado por más de 100 millones de células nerviosas, casi exactamente igual que la cifra existente en toda la médula espinal, estructura que junto al encéfalo –cerebro, cerebelo y tronco encefálico– forma el denominado sistema nervioso central (SNC). Desde el punto de vista estructural, los neurólogos dividían el sistema nervioso en dos componentes: el central y el periférico (SNP). Este último incluye las neuronas sensitivas, que conectan el SNC con los receptores sensitivos; y las neuronas motoras, que ponen en comunicación el sistema central con los músculos y las glándulas. 

Una pareja de sesos En esta mujer de cristal que se exhibe en el Museo Alemán de la Higiene, en Dresde, se aprecia el parecido visual entre nuestros dos cerebros, el que habita en la cabeza y el intestinal. En realidad se trata de una metáfora de las similitudes existentes a nivel bioquímico y celular. Las neuronas de la tripa no sólo controlan la digestión A su vez, los elementos nerviosos dedicados a las funciones motoras se categorizan en una división somática, que inerva los músculos esqueléticos, y una división autónoma, que une los llamados músculos lisos, el músculo cardiaco y las glándulas. Hasta hace poco, los expertos incluían el cerebro de la panza dentro del SNP. “Pensábamos que el aparato gastrointestinal era un tubo hueco con reflejos simples. 

A nadie se le ocurrió contar las fibras nerviosas que lo recorren”, confiesa David Wingate, profesor de la Universidad de Londres. No es un secreto que el aparato gastrointestinal tiene el cometido de aportar al organismo un suministro continuo de agua, electrolitos y elementos nutritivos. Para conseguirlo, requiere conducir la comida a lo largo del tubo digestivo mediante unos movimientos ondulatorios llamados peristálticos, secretar jugos digestivos, digerir los alimentos, absorber los productos digeridos, los electrolitos y el agua; transportar este material hasta el sistema circulatorio y, finalmente, expulsar los productos de desecho. 

Todas estas tareas están bajo control, en mayor o menor grado, del cerebro abdominal, también conocido como sistema nervioso entérico (SNE). Pero su cometido va más allá que el de supervisar los ya de por sí complejos procesos digestivos. Al igual que el recluido en las paredes craneales, el cerebro entérico produce sustancias psicoactivas que influyen en el estado anímico, como los neurotransmisores serotonina y dopamina, así como diferentes opiáceos que modulan el dolor. Además, sintetiza benzodiazepinas, compuestos químicos que tienen el mismo efecto tranquilizante que el Valium. Se trata de un activo productor de transmisores “El sistema nervioso entérico es un vasto almacén químico en el que están representadas todas y cada una de las clases de neurotransmisores que operan en nuestro cerebro”, puede leerse en el libro El segundo cerebro, de Michael D. Gershon, jefe del Departamento de Anatomía y Biología celular de la Universidad de Columbia, en Nueva York. Hasta la fecha, los científicos han identificado más de una treintena de sustancias transmisoras liberadas por las terminaciones nerviosas o axones de los distintos tipos de neuronas gastrointestinales, que no son pocos.

 Un rico circuito intrínseco de neuronas sensitivas, interneuronas y neuronas motoras interconecta los diferentes niveles del intestino y coordina la actividad a lo largo de su recorrido. “La multiplicidad de neurotransmisores en los intestinos –añade– sugiere que el lenguaje hablado por las células del sistema nervioso abdominal es tan rico y complejo como el del cerebro”, comenta el profesor Gershon, descubridor de la serotonina entérica y para muchos el padre de la neurogastroenterología, una joven disciplina científica dedicada al estudio del SNE. 

Desde el punto de vista estructural, los dos cerebros también guardan sorprendentes analogías. Por ejemplo, el entérico carece, al igual que los sesos, de colágeno y de células de Schwann como andamiaje; y presenta una estructura semejante a los astrocitos –células con forma estrellada– del sistema nervioso central. Otra prueba de la similitud entre uno y otro es la existencia de un grado de vulnerabilidad a ciertas lesiones. Los neurólogos han descubierto que las placas de proteína amiloide y los ovillos neurofibrilares que minan el cerebro de los enfermos de Alzheimer, así como los llamados cuerpos de Lewy que hacen lo propio en el SNC de los parkinsonianos, aparecen también repartidos por el sistema nervioso entérico de estos pacientes. 

Una conexión entre la psique y el estómago 

“Hace 10 años, muchos de mis colegas se hubieran mofado de mí si hubiese mencionado una posible conexión entre la psique y el cerebro entérico”, confiesa Emeran Mayer, profesor de la Universidad de California en los Ángeles. Pero la realidad es que nuestro vientre sustenta la masa gris de muchas maneras. El pequeño cerebro que habita en nuestras entrañas tiene la facultad de operar de forma autónoma. Sus nervios pueden ser estimulados por la irritación de la mucosa intestinal, una distensión excesiva del intestino y la presencia de ciertas toxinas y microbios patógenos en la luz intestinal. Estas situaciones pueden provocar la excitación o la inhibición de los movimientos intestinales o de las secreciones intestinales. No obstante, el SNE contacta con el cerebro principal a través de diferentes fibras nerviosas, como los nervios vagos que mueren en el bulbo raquídeo. El cerebro entérico recibe en todo momento información desde la cabeza, pero nadie le dicta cómo debe trabajar. Es más, el flujo de mensajes desde el vientre a la cabeza supera con creces a las órdenes que llegan del cerebro al estómago. 

Sin ir más lejos, el 90 por 100 de las fibras de los nervios vagos son aferentes, es decir, que transmiten señales en dirección hacia los sesos. Todas estas peculiaridades hacen del sistema nervioso entérico “un lugar independiente de integración y procesamiento neural. Esto es lo que le convierte en un segundo cerebro. El sistema nervioso entérico jamás compondrá silogismos, escribirá poesía o abordará el diálogo socrático, pero a pesar de ello es un cerebro”, dice el profesor Gershon. Y añade: “Descartes formuló su máxima ‘Pienso, luego existo’, pero lo hizo porque sus intestinos se lo permitieron”. Así es, cuando el aparato digestivo enferma y nos hace conscientes de su aflicción, mediante vómitos, diarreas, ardores y espasmos, la mente se nubla. “Ningún pensamiento fluye con normalidad cuando la conciencia entérica está puesta en el retrete”, dice el profesor Gershon. Es capaz de sufrir sus propias neurosis El hecho de que el SNE trabaje por cuenta propia hace que los científicos consideren la posibilidad de que también pueda memorizar ciertas emociones, sufrir de estrés y tener sus propias psiconeurosis. 

Las estadísticas confirman que el 40 por 100 de los pacientes que son vistos por el médico internista presenta problemas gastrointestinales. La mitad de éstos tienen trastornos funcionales, es decir, que sus intestinos no trabajan adecuadamente, pero nadie acierta a explicar por qué. “Ninguno presenta alteraciones anatómicas o químicas. Debido a que el segundo cerebro trabaja en la oscuridad, a menudo es infravalorado por los médicos como fuente de patologías”, señala el profesor Gershon. ¿Pero qué necesidad hay de tener dos cerebros? Los científicos opinan que se trata de una adaptación evolutiva. “Cuando nuestros predecesores emergieron del cieno y adquirieron una espina dorsal, desarrollaron un cerebro en la cabeza y un estómago con una mente propia”, dice el profesor Gershon. El cerebro principal delegó las funciones digestivas a un segundo cerebro, para así dedicarse en cuerpo y alma a otros menesteres, como la caza, la huida ante posibles enemigos y la búsqueda de pareja. 

Desde entonces, los dos sistemas nerviosos –el central y el entérico– han evolucionado de forma paralela, alcanzando su mayor complejidad en el ser humano. En palabras de Michael Schemann, fisiólogo de la Facultad de Veterinaria en Hannover, Alemania, “si el encéfalo hubiera asumido las tareas del cerebro entérico, nuestro cuello debería tener un diámetro formidable, para dejar paso a los manojos de fibras nerviosas que manejarían nuestras tripas”. Mantiene a raya a las bacterias patógenas La naturaleza ha querido que los intestinos cuiden de sí mismos y controlen funciones tan vitales como son los movimientos peristálticos del aparato gastrointestinal, la absorción, la proliferación de las células mucosas y la defensa contra agentes patógenos, un cometido que realiza en colaboración con el sistema inmunológico; el túnel gástrico hospeda a más de 500 especies de microorganismos, algunos potencialmente letales. Para ello, la distribución de las neuronas cerebrales y estomacales ocurre en las primeras fases del desarrollo embrionario. 

Recientes investigaciones confirman que el sistema nervioso entérico se forma a partir de células que migran hacia el aparato digestivo desde tres puntos distintos de una estructura embrionaria llamada cresta neural. El resultado de la partición son dos cerebros conectados por los nervios vagos y la médula espinal. A medida que descendemos por el tubo digestivo, el cerebro rey cede su poder a su colaborador gástrico. Desde la boca hasta la mitad del esófago, la dominancia de los sesos se hace patente. La primera manifestación de la mente entérica se hace notar en los movimientos peristálticos del esófago inferior, que todavía precisan de la intervención del SNE para su coordinación. Esta actividad gastrointestinal está en manos de una de las dos partes en que se divide el cerebro abdominal. Nos referimos al plexo mientérico o de Auerbach, que descansa entre las capas musculares longitudinal y circular de la pared intestinal. 

El otro plexo, que ocupa la zona submucosa, recibe el nombre de submucoso o de Meissner, y controla fundamentalmente la secreción y el flujo sanguíneo local. Un poco más abajo, el cerebro vuelve a tomar el control, justo a nivel del esfínter gastroesofágico, la puerta que permite el paso de los alimentos deglutidos hacia el estómago. En éste, su influjo es aún importante, pues los nervios vagos se encargan de mantener al cerebro informado de los sucesos intestinales, aunque el SNE puede asumir en un momento dado las riendas estomacales sin ningún problema.

 El auténtico reinado del segundo cerebro comienza a nivel del esfínter pilórico –la salida del estómago– y se extiende a lo largo del intestino delgado, la región del aparato gástrico dedicada a la absorción de los nutrientes. Las fibras de su primer tramo –el duodeno– contactan con el páncreas y la vesícula biliar para controlar, ayudadas por determinadas hormonas –como la secretina liberada por las células duodenales–, la secreción de enzimas digestivas y la bilis. En el tramo final del aparato digestivo, o sea, el colon y el ano, el cerebro de arriba vuelve a mostrar su dominio.

 Cuando el colon irrita la masa pensante Los intrincados vínculos entre nuestra pareja de cerebros empiezan a ser precisados por los científicos, lo que ayudará a comprender el origen de ciertas patologías gástricas y psíquicas, según el profesor Gershon. Las similitudes estructurales y bioquímicas entre ambos explican por qué los medicamentos destinados a solventar los trastornos mentales afectan a los intestinos, y viceversa. Por ejemplo, la secretina duodenal está siendo probada como posible tratamiento para los niños autistas. Un conocido fármaco contra la migraña calma los intestinos hiperactivos. Los antidepresivos, en cambio, provocan trastornos digestivos. 

Sin ir más lejos, el Prozac, que actúa aumentando la concentración de serotonina en los circuitos neuronales, puede desajustar el movimiento reflejo peristáltico, lo que a veces desencadena problemas de estreñimiento o diarrea. La última terapia experimental contra el síndrome de colon irritable se basa en el estudio del cerebro abdominal. Esta patología, que afecta al 20 por 100 de la población, causa dolores abdominales, evacuación irregular y acumulación de aire en los intestinos. Los médicos desconocen por qué el colon de estos pacientes funciona mal. 

Sin embargo, el profesor Mayer cree que la causa de este síndrome, al igual que la de una cincuentena más que afectan al sistema gastrointestinal, está en una mala comunicación del sistema nervioso entérico con el cerebro. Este neurólogo alemán ha descubierto que parte de los mensajes del SNE llegan al sistema límbico, una región del cerebro que, entre sus muchas funciones, modula las sensaciones desagradables del cuerpo. 

En los pacientes afectados por el síndrome de colon irritable, el sistema límbico tiene un umbral de sensaciones negativas anormalmente bajo, por lo que las señales molestas de baja intensidad producidas en los movimientos intestinales, que en las personas sanas son suavizadas y anuladas, son percibidas como dolorosas. “Curiosamente, los deprimidos y ansiosos muestran unas alteraciones similares”, dice el profesor Mayer. 

Esta manifiesta hipersensibilidad podría estar provocada por situaciones de estrés mantenido, que menoscaban el buen funcionamiento entre los dos sistemas cerebrales.Las investigaciones en esta dirección han dado hasta la fecha resultados muy difusos, pero los científicos no dudan de que nuestro cerebro entérico tiene muchas cosas que contarles.

Nuestro segundo cerebro (Reportaje, sacado de la revista Muy Interesante)
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El elixir de la juventud es una realidad comprobada

Científicos de la ciudad rusa de Novosibirsk han desarrollado un verdadero elixir de la juventud.

El remedio influye sobre el cerebro humano haciéndolo generar células madre que, a su vez, pueden regenerar órganos lesionados o enfermos. El milagroso medicamento mantiene el organismo humano joven y saludable a pesar de los años.
Las terapias con células madre se han puesto de moda últimamente, como un posible remedio contra los ataques cardíacos, accidentes cerebrovasculares y diversos tipos de traumatismos. Los cosmetólogos dicen que estas células son capaces de remozar la piel de la cara y las manos. El problema consiste en que las metodologías disponibles de aplicación de células madre no son muy seguras, explicó a La Voz de Rusia Andréi Artamónov, director de la compañía diseñadora del nuevo fármaco:
—¿Cómo lo hacen ahora? Extraen cierta cantidad de células madre de la médula ósea. Hacen que se reproduzcan y multipliquen y las inyectan de vuelta en el sistema sanguíneo. Pero se trata de unas células que se han multiplicado fuera del organismo humano. Nadie sabe dónde se produce la diferenciación. Pueden penetrar en un órgano afectado, pero también en otro absolutamente sano. Y hacer crecer una costilla dentro del corazón, por poner un ejemplo. Porque se trata de unas células ya prácticamente ajenas al organismo.
Los investigadores de Novosibirsk solucionaron este problema, al diseñar un medicamento que llamaron G5 y que actúa sobre el cerebro humano haciéndolo producir células madre capaces de encontrar por sí solas el órgano afectado y restablecerlo. Según especialistas, el G5 garantiza el homing de las células restauradoras, porque no abandonan nunca el organismo donde nacieron. Este medicamento es de nueva clase y no tiene análogos en la medicina regenerativa moderna, dice Andréi Artamónov:
—Hoy en día no hay otro remedio similar. El G5 hace que la médula ósea genere células madre propias sin que éstas abandonen el cuerpo. Mientras una persona envejece, la cantidad de células madre en su cuerpo disminuye. Los órganos no se restablecen y nos volvemos viejos. La nueva tendencia médica consiste en tratar de forzar al organismo a regenerase por sí mismo.
La medicina actual usa el tratamiento sintomático. Si hay dolor, hay que aplicar analgésico. Es mucho más complicado, pero también más correcto, tratar de activar los recursos internos del cuerpo. Solo así podríamos volver a ser “lo mismos jóvenes y felices de nuestra infancia”.
El fármaco desarrollado en Novosibirsk ha pasado con éxito los ensayos preclínicos y pronto se someterá a pruebas clínicas. Si todo va bien, en un año y medio más aparecerá en el mercado.
nv/rl/sn

Los Cinco Mitos Más Repetidos por los Médicos (II)


Los Cinco Mitos Más Repetidos por los Médicos,


que de momento no tienen intención de abandonar, parte II
Mito número 2: Las vacunas previenen enfermedades e incrementan la inmunidad.
El término “inmunización” -que a menudo sustituido por “vacunación”- es falso, hasta tal punto, que muchos insisten en que debe ser impugnado jurídicamente. La investigación médica ha comprobado que la inyección directa de proteínas extrañas y otros materiales tóxicos (metales pesados y venenos como el mercurio) hace que el receptor sea más, no menos, afectado por alguna enfermedad futura. Esto quiere decir que las vacunas hacen lo contrario de inmunizar. Bueno, hay que reconocer que algo si que previenen: Previenen que desarrolles tu inmunidad natural frente a las enfermedades después de una exposición.
Las estimaciones que hacen algunas agencias gubernamentales sobre los problemas de salud que provocan las vacunas, seguramente se queden muy cortas y sea necesario multiplicarlas por 100 o más. Y es que no debemos olvidar que los médicos no están precisamente incentivados a informar todos los efectos secundarios de las vacunas (recuerda que se sacan un dinerito extra por la venta de fármacos).
A pesar de ello los movimientos anti-vacunación y la difusión por Internet de datos hasta ahora ocultos, han hecho que la comunidad médica se ponga en guardia, puesto que por un lado los pacientes comienzan a reivindicar el derecho a estar informados sobre el contenido de las vacunas, mientras que por otro los fabricantes insisten a los facultativos para que convenzan a sus pacientes (o sus padres) de que los riesgos de una vacuna no supera a los beneficios.
Precisamente el balance riesgo/beneficio es un dato que debes tener tener en cuenta a la hora de tomar una decisión sobre las vacunas, ya que contrariamente a la creencia popular y a lo que nos vende el marketing, las enfermedades infantiles en una ciudad desarrollada no son tan peligrosas como nos quieren hacer creer: Si adquieres determinada enfermedad, no quiere decir que te vayas a morir por ella (de hecho, la enfermedad es precisamente el proceso de curación).  Hay que tener en cuenta además que la introducción de las vacunas en la población se realizó en un momento de la historia en que las enfermedades más conocidas habían disminuido a un nivel de riesgo muy bajo, hecho que está comprobado científicamente.
En los últimos 200 años los principales avances conseguidos para evitar la enfermedad, han sido: comer comida sana y beber agua saludable…pero no las vacunas (también han contribuido la mejora en el saneamiento, evitar los hacinamientos y las mejoras en las condiciones de vida, causas que se pueden verificar en esta investigación).
Pero, ¿Qué lleva una vacuna? Una no, TODAS las vacunas contienen agentes esterilizantes, neurotoxinas, inmunotoxinas y elementos potencialmente cancerígenos. Veamos algunos de ellos:
¿Acaso crees que es casualidad que cuanto más estudios tienes, menos intención tienes de vacunarte? Precisamente ha salido hace muy poco a la luz un dato de que debería hacernos reflexionar: Solo se vacuna entre el 20-30% de los médicos. Y ya sabrás que con la información correcta, tomarás decisiones correctas.

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